Cuaderno de taller · Fieltro de lana
Fieltro de lana: del vellón en bruto a la pieza acabada
Praponte reúne apuntes de taller sobre una sola materia: la lana que se enreda hasta convertirse en tejido. Aquí se explica qué ocurre en la fibra, cómo se prepara antes de trabajarla y por qué una misma lana da resultados distintos según el agua, la temperatura y la mano que la trabaja.
Por qué la lana se enreda y otras fibras no
La superficie de un pelo de lana no es lisa: está cubierta de escamas superpuestas que apuntan todas hacia la punta, como las tejas de un tejado. Cuando la fibra se humedece y se mueve, esas escamas se abren y avanzan siempre en la misma dirección, hacia la raíz. El movimiento es de ida, nunca de vuelta. Miles de fibras haciendo lo mismo a la vez terminan trabadas entre sí de una manera que ya no se puede deshacer.
De ahí que el fieltro sea el único tejido que no se hila ni se teje. No hay hilo, no hay trama, no hay puntos: hay una masa de fibras que se han enganchado unas con otras hasta formar una lámina continua. Por eso tampoco se deshilacha al cortarlo, y por eso un error no se puede descoser.
Cuatro factores empujan ese proceso: humedad, calor, un medio ligeramente alcalino y fricción. El jabón no limpia aquí, sino que reduce la tensión superficial y hace que las escamas se abran con facilidad. La temperatura acelera. La fricción es el trabajo propiamente dicho. Si falta alguno de los cuatro, la lana se moja y no pasa nada más.
Conviene distinguir dos momentos que en el taller se nombran por separado. El afieltrado es la fase en la que las fibras se enganchan y la lámina empieza a sostenerse sola. El batanado es lo que viene después: trabajo más duro, con más presión y cambios de temperatura, que compacta la lámina, la encoge y le da firmeza. Una pieza afieltrada pero sin batanar parece terminada y se deforma a la primera.
El vellón: raza, rizo y finura
No toda la lana sirve para lo mismo. Lo que decide el comportamiento de un vellón es la combinación de finura —el grosor medio de la fibra, medido en micras—, la cantidad de rizo y la longitud de la mecha. Cuanto más fina y más rizada es la fibra, más puntos de contacto hay entre unas y otras y antes se traba el conjunto.
Las lanas merinas, de fibra fina y rizo muy marcado, se afieltran deprisa y dan superficies suaves y densas; son las habituales para prendas, chales y piezas que van a estar en contacto con la piel. Las lanas de razas rústicas de la península, como la churra, la castellana o las de tronco entrefino, son más gruesas y menos rizadas: cuesta más trabarlas, la superficie resulta más áspera y el resultado tiene otra clase de cuerpo. Eso no es un defecto, es un destino distinto: alfombras, asientos, piezas que deben aguantar peso y roce.
Un vellón recién esquilado llega con suarda —la grasa natural— y con restos vegetales atrapados entre las mechas. Lavarlo es un trabajo aparte: agua caliente, jabón suave, nada de frotar ni de cambios bruscos de temperatura, porque el vellón se afieltra igual de bien dentro del barreño que sobre la mesa. Se sumerge, se deja reposar, se escurre sin retorcer y se seca en plano y a la sombra.
Qué mirar antes de comprar o aceptar un vellón
- Las puntas: si están quemadas por el sol o quebradizas, se romperán al cardar.
- La resistencia de la mecha: al tirar de ella debe sonar elástica, no partirse.
- La cantidad de vegetal: la paja fina y el cadillo obligan a limpiar a mano fibra por fibra.
- La uniformidad: dentro de un mismo vellón, el lomo y los cuartos traseros rara vez tienen la misma calidad.
Cardado y preparación de la cinta
Cardar es peinar la lana lavada para que las fibras dejen de estar apelmazadas y queden sueltas y más o menos alineadas. Con cardas manuales se trabajan porciones pequeñas y se obtienen napas ligeras, de fibras cruzadas en varias direcciones; con carda de tambor se procesan cantidades mayores y el resultado es más regular. Ninguna de las dos limpia: la lana entra ya lavada y sin vegetal, porque lo que no se quite antes acabará dentro de la pieza.
La alternativa comercial es la cinta de peinado, también llamada mecha: lana ya lavada, cardada y peinada, con todas las fibras paralelas y listas para usar. Es cómoda y uniforme, pero ese paralelismo tiene una consecuencia práctica: la lámina encoge notablemente más en la dirección de las fibras que en la perpendicular. De ahí la regla que se repite en cualquier taller: las capas se cruzan.
Al extender la lana se trabaja por capas finas y superpuestas. La primera se coloca con las fibras en un sentido, la siguiente en el sentido contrario, y así sucesivamente. Cada mechón se arranca de la cinta tirando con la mano abierta y bastante separada, nunca cortando, para que las puntas queden abiertas y se enlacen con las del mechón contiguo. Las napas deben solaparse como las tejas, no juntarse a tope.
Cuántas capas hacen falta
Depende de lo que se quiera. Dos o tres capas muy finas bastan para un pañuelo ligero o para una pieza de nuno. Cuatro o cinco dan una lámina de cuerpo medio, suficiente para bolsos y fundas. A partir de seis se entra en el terreno del fieltro grueso, que necesita mucho más batanado y tarda bastante más en secar. Es preferible repartir la lana en muchas capas finas que en pocas capas gruesas: la lámina resulta más homogénea y sin zonas transparentes.
Mesa de trabajo
- Superficie estable que no tema el agua.
- Esterilla de bambú o de rejilla para rodar.
- Plástico de burbujas y un plástico liso de mayor tamaño.
- Toallas viejas para absorber el exceso de agua.
Errores frecuentes al extender
- Dejar la última capa más cargada en el centro que en los bordes.
- Cortar los mechones con tijera en lugar de separarlos con la mano.
- Olvidar cruzar las direcciones entre capa y capa.
- No prever el margen de encogimiento en el contorno.
Fieltro en húmedo: jabón, temperatura y presión
El agua templada, en torno a la temperatura de una ducha agradable, es la que mejor funciona en la primera fase. Demasiado fría retrasa el proceso; hirviendo, la lana se contrae de golpe y aparecen pliegues imposibles de corregir. Lo que sí acelera mucho, una vez que la lámina ya se sostiene, es el contraste: alternar agua caliente y agua fría provoca una reacción brusca de la fibra que compacta el conjunto.
El jabón puede ser un jabón de aceite de oliva, un jabón neutro rallado o cualquier jabón sin aditivos disuelto en el agua. Basta con que el agua quede resbaladiza al tacto; el exceso de espuma dificulta ver lo que está pasando debajo de las manos y alarga el aclarado. El pH ligeramente alcalino del jabón es precisamente lo que abre las escamas.
La secuencia habitual es sencilla de enunciar y lenta de ejecutar. Se moja la lana extendida sin desordenarla, presionando con la mano abierta a través de un plástico; se comprueba que el agua ha llegado hasta la capa de abajo; se acaricia primero con muy poca presión y en círculos amplios, y solo cuando la superficie deja de moverse se aumenta la fuerza. La prueba del pellizco marca el cambio de fase: si al levantar unas fibras con dos dedos se levanta toda la lámina con ellas, la pieza está lista para el batanado.
A partir de ahí se enrolla en la esterilla y se rueda. Cada cierto número de vueltas se abre el rollo, se gira la pieza un cuarto de vuelta y se vuelve a enrollar, cambiando también el eje de enrollado, para que el encogimiento se reparta y la pieza no se alargue solo en una dirección. Después llegan el amasado, los golpes sobre la mesa y las fricciones sobre la rejilla. Se termina aclarando bien y, si se quiere, con un último aclarado con un chorro de vinagre para neutralizar los restos de jabón y devolver el brillo a la fibra.
Fieltro con aguja: trabajar en seco sobre la forma
La técnica seca no usa ni agua ni jabón. Las agujas de fieltrar tienen la caña tallada con pequeñas muescas orientadas hacia arriba; al clavarlas, arrastran fibras de la superficie hacia el interior y las entrelazan. Cada pinchazo compacta un punto concreto, de modo que el volumen se construye poco a poco, como quien modela barro restando aire en lugar de añadir materia.
Las agujas se distinguen por el calibre y por la sección. Los calibres bajos son gruesas y avanzan rápido, útiles para clavar el volumen inicial; las finas dejan una superficie limpia y apenas visible y sirven para el acabado y para fijar los detalles. Las de sección triangular trabajan más rápido y las de estrella, con más filos, dejan menos marca a igualdad de trabajo.
Debajo de la pieza hace falta siempre una base que reciba la punta: una esponja densa de espuma o un cepillo de cerdas rígidas. Se pincha en vertical y se saca en vertical, por el mismo agujero; si la aguja se ladea dentro de la lana, se parte. Y se pincha mirando dónde están los dedos, porque las muescas hacen que un pinchazo en la mano sea más molesto de lo que cabría esperar.
Para piezas con volumen conviene hacer un núcleo con lana basta y barata, bien apretado, y reservar la lana fina y teñida para la capa exterior. Sale más económico, pesa menos y la forma se sostiene mejor. Las dos técnicas, además, no se excluyen: es habitual levantar una pieza en húmedo y luego corregir con aguja los detalles, cerrar un agujero o añadir dibujo sobre la superficie ya seca.
El encogimiento y cómo se calcula antes de empezar
Toda pieza de fieltro sale más pequeña que el montón de lana del que partió. Esa merma no es un accidente: es la prueba de que el trabajo se ha hecho. El problema es que su magnitud cambia con la raza, con la finura, con el número de capas, con la orientación de las fibras y con la insistencia de quien trabaja. Por eso no existe un porcentaje universal y sí una costumbre razonable: medirlo antes.
La muestra de prueba
Se extiende un cuadrado de lana con la misma lana, el mismo número de capas y la misma orientación que va a tener la pieza real. Se marcan las medidas exactas antes de mojar y se trabaja hasta el mismo grado de batanado que se pretende alcanzar. Una vez seca, se vuelve a medir. La diferencia entre ambas medidas, dividida entre la medida inicial, da el coeficiente de encogimiento de esa lana con esas manos.
Con ese dato, el patrón se calcula a la inversa. Si un cuadrado de treinta centímetros de lado se queda en veintiuno, la merma es del treinta por ciento y queda un setenta por ciento de la medida original. Para obtener un largo final de ciento cuarenta centímetros hay que dividir ciento cuarenta entre cero coma setenta: doscientos centímetros de patrón. La misma operación se repite para el ancho, porque casi nunca encogen igual.
Dos advertencias que ahorran disgustos. La primera: si se usa cinta de peinado, la dirección de las fibras encoge más que la perpendicular, de modo que conviene calcular dos coeficientes distintos. La segunda: el encogimiento no se detiene solo. Mientras se siga frotando, la pieza seguirá reduciéndose, así que el control de la medida forma parte del proceso y no de la revisión final.
Plantillas: construir piezas huecas sin costuras
Las piezas con volumen —bolsos, zapatillas, gorros, recipientes— se resuelven envolviendo una plantilla plana e impermeable con lana por las dos caras. Al afieltrarse, la lana no puede atravesar la plantilla, de modo que quedan dos paredes unidas solo por los bordes. Cuando la pieza está firme se practica una abertura, se extrae la plantilla y queda un cuerpo hueco sin una sola costura.
El material de la plantilla debe ser flexible, liso y resistente al agua: espuma sintética de un par de milímetros, plástico grueso o varias capas de plástico de burbujas selladas entre sí. Los bordes se recortan sin picos ni ángulos vivos, porque cualquier esquina marcada se traducirá en un pliegue.
El tamaño de la plantilla se obtiene aplicando el coeficiente de encogimiento a las medidas finales deseadas, igual que en una pieza plana. Los bordes se trabajan con especial cuidado: la lana de una cara se dobla sobre la otra siempre en el mismo sentido, alternando cara por capa, de manera que el canto quede envuelto y no se abra.
Orden de trabajo
- Recortar la plantilla ampliada y marcar la línea de la abertura.
- Extender la primera capa por una cara y doblar los sobrantes.
- Girar, repetir por la otra cara y alternar direcciones.
- Mojar, enjabonar y afieltrar suavemente por ambos lados.
- Abrir, retirar la plantilla y batanar ya desde dentro.
- Dar forma en húmedo sobre una horma y dejar secar encima.
Señales de que algo va mal
- Pliegues rígidos en los cantos: la plantilla tenía esquinas.
- Paredes pegadas entre sí: el material dejaba pasar el agua.
- Bordes abiertos o con orejas: los dobleces no se alternaron.
- Una cara más fina que la otra: la lana se repartió de forma desigual.
Nuno: lana sobre tejido y seda
La técnica nuno consiste en afieltrar una capa muy fina de lana sobre un tejido abierto, normalmente una gasa de seda, una muselina fina o un algodón de trama poco tupida. Las fibras de lana atraviesan los huecos del tejido y se anclan al otro lado: no se pega nada, se enlaza. El resultado es una tela ligerísima, con caída, que conserva el brillo de la seda y la textura de la lana.
La cantidad de lana es aquí lo más difícil de calibrar. Se necesita mucha menos de la que parece: una capa tan fina que se lea el tejido a través de ella. Con exceso de lana se obtiene un fieltro normal con un trozo de seda dentro y se pierde todo el sentido de la técnica.
El otro fenómeno característico es la contracción diferencial. La lana encoge y la seda no, de modo que el tejido sobrante se recoge en arrugas y pliegues menudos que forman el relieve. Se puede aprovechar de forma deliberada: cubriendo solo algunas zonas con lana se obtienen partes lisas y partes fruncidas, y el dibujo de la pieza depende de dónde se decida poner la fibra.
Conviene elegir tejidos ligeros y de trama abierta. Un tejido denso o sintético no deja pasar la fibra y la lana acabará desprendiéndose en el primer lavado. Antes de comprometer un metro de seda buena, merece la pena hacer una muestra pequeña con un recorte del mismo tejido.
Teñido y mezcla de tonos
La lana es una fibra proteica y acepta bien los colorantes que trabajan en medio ácido. En el teñido doméstico se disuelve el colorante, se añade un ácido suave —vinagre o ácido acético— y se sube la temperatura despacio, manteniendo la fibra sumergida el tiempo necesario para que el baño quede prácticamente agotado. La lana se enfría dentro del baño y se aclara con agua a la misma temperatura.
La regla que más se incumple es la de no mover. Removiendo la lana dentro de una olla caliente y jabonosa se reúnen todas las condiciones del afieltrado, y lo que sale del baño es un bloque compacto de un color precioso e inservible. Se introduce, se deja, se saca. Nada más.
Los tintes naturales funcionan con la misma lógica, con un paso previo de mordentado —habitualmente con alumbre— que fija el color a la fibra. La gualda, la rubia, la cochinilla o el índigo dan gamas que envejecen de otra manera y que rara vez se repiten exactamente de un baño a otro; para muchos talleres esa variabilidad es parte del atractivo.
Mezclar en la carda en lugar de mezclar en el baño
Hay una segunda vía para conseguir un tono: mezclar fibras ya teñidas durante el cardado. Al pasar dos o tres colores juntos por las cardas se obtiene una mezcla óptica que a un metro de distancia se lee como un único color y de cerca conserva la vibración de los componentes. Es la manera de llegar a matices apagados y complejos, difíciles de obtener con un solo baño, y de aprovechar restos pequeños de lana teñida.
En ambos casos, lo razonable es dejar constancia. Un muestrario con un mechón de cada tono, la proporción utilizada y la referencia del baño convierte cualquier acierto en algo repetible; sin esa nota, el color bueno de hace tres meses no vuelve.
Cuidado del fieltro y conservación de los materiales
Una pieza bien batanada no necesita apenas mantenimiento, pero sí un trato coherente con lo que es. El fieltro se lava a mano, en agua templada, con un jabón suave, sumergiendo y presionando sin frotar y sin retorcer. Se escurre envolviéndolo en una toalla y se seca en plano, lejos del radiador y del sol directo, recuperando la forma con las manos mientras aún está húmedo. Las piezas con volumen se secan rellenas con papel o sobre una horma.
Con el uso aparecen bolitas en las zonas de roce; se retiran con una maquinilla de suéteres o cortándolas con cuidado, nunca tirando de ellas. La superficie se refresca cepillando suavemente en un solo sentido. El aireado periódico y el cambio de posición hacen más por una pieza guardada que cualquier producto.
Guardar piezas terminadas
- Dobladas con holgura o enrolladas, mejor que colgadas de una percha.
- En bolsas de algodón o lino, no en plástico cerrado.
- En un sitio seco: la humedad y la lana se llevan mal.
- Revisadas de vez en cuando; las polillas trabajan en silencio.
Guardar lana sin trabajar
- Solo lana limpia y bien seca: la grasa y el sudor atraen insectos.
- Cajas de cartón o tela, sin comprimir las mechas.
- Etiquetada con raza, procedencia y fecha.
- Congelar unos días la lana nueva antes de sumarla al resto.
La lavanda y el cedro perfuman y disuaden, pero no protegen por sí solos una reserva de lana. La vigilancia periódica y el orden son más eficaces que cualquier remedio guardado en el armario hace años.
Qué se publica en Praponte
Praponte es un sitio de lectura. Todo lo que se publica gira alrededor del fieltro de lana y se organiza en unos pocos formatos estables, pensados para consultarse mientras se trabaja y no para leerse de un tirón.
- Apuntes de técnica: descripciones paso a paso del fieltro en húmedo, del trabajo con aguja, del uso de plantillas y del nuno.
- Fichas de materiales: características del vellón según raza, finura y longitud de mecha, y para qué tipo de pieza resulta adecuado cada uno.
- Cuadernos de pruebas: mediciones de encogimiento y notas sobre cómo varía el resultado al cambiar el número de capas o la orientación de las fibras.
- Notas de color: observaciones sobre teñido en medio ácido, tintes naturales y mezclas de tonos durante el cardado.
- Vocabulario del oficio: términos que aparecen una y otra vez —mecha, prefieltro, batanado, suarda, nuno— explicados sin rodeos.
Los textos se revisan y se amplían cuando una prueba nueva contradice lo escrito antes. No hay cursos, ni venta de materiales, ni encargos: lo que hay es material de lectura de acceso libre.
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